Desde hace aproximadamente cuarenta años, Don Pedro se despierta a las 3 de la mañana, de lunes a viernes. Su rutina comienza en Atlacomulco, un municipio del Estado de México, donde se prepara para salir a las 4:30 a.m. Con 54 años, este vendedor de elotes se dirige hacia la Central de Abasto en el Iztapalapa de la Ciudad de México, un viaje que le toma tres horas.
En la Central de Abasto, Don Pedro adquiere los ingredientes necesarios para su carrito de elotes: mayonesa, queso rallado y chiles en polvo, tanto picantes como suaves. Con su carga lista, se embarca en otro trayecto de tres horas hacia su puesto en la esquina de Avenida Ámsterdam y Avenida Michoacán, un lugar donde ha trabajado durante cuatro décadas.
Un legado familiar
Desde joven, Don Pedro soñaba con ser elotero, siguiendo los pasos de su padre. Recuerda haber llegado a la Condesa a los 13 años para ayudar a su papá, y ahora, tras años de esfuerzo, el negocio es suyo. Junto a su sobrino Jorge, Don Pedro pasa tres horas cocinando el maíz y preparando su puesto, mientras observa a los transeúntes que pasan por su lado.
Su hijo José a veces lo acompaña, y Don Pedro espera que él también se sume a la tradición familiar. “Desde que la Condesa se volvió popular, el negocio ha crecido mucho”, comenta con orgullo, aunque evita dar cifras específicas, satisfecho con el éxito que ha alcanzado.
La Condesa, un barrio que ha cambiado drásticamente desde que Don Pedro comenzó a vender elotes en 1985, ahora está repleta de clientes. Antes, solía ser un área tranquila; hoy, los compradores no faltan. “Ahora siempre tengo clientes”, dice mientras realiza una venta de un cigarrillo a una mujer.
En un buen día, su carrito recibe una fila constante de clientes ansiosos por comprar elotes preparados, esquites y su famosa creación llamada Dorilokos, una mezcla deliciosa de sabores de Doritos, mayonesa, salsa picante y granos de maíz.
A pesar de contar con clientes regulares, la afluencia de visitantes al cercano Parque México asegura que siempre haya nuevos rostros, incluyendo turistas que intentan hacerse entender a través de gestos y señas. “Incluso piden el chile picante”, ríe Don Pedro al recordar sus interacciones con extranjeros.
La economía informal y su impacto
Don Pedro es solo uno de los miles de vendedores ambulantes que realizan un largo viaje diario de seis horas desde el Estado de México a la Ciudad de México para trabajar. Juntos, forman parte de lo que se conoce como la “economía informal”, un conjunto diverso de negocios que operan al margen de la economía formal del país.
La Organización Internacional del Trabajo (OIT) ha definido la economía informal como una parte del mercado que produce bienes y servicios legales, aunque no está reconocida ni protegida por marcos legales. Esta situación ha llevado a algunos críticos a acusar a vendedores como Don Pedro de evadir impuestos debido a que operan en efectivo.
Sin embargo, este argumento ignora una realidad más compleja. Según un censo económico de INEGI, las empresas minoristas informales en la Ciudad de México representan el 62.7% de los establecimientos comerciales y contribuyen a aproximadamente el 25% del PIB nacional. Más del 55% de la fuerza laboral del país está empleada en el sector informal.
“Las economías informal y formal son parte del mismo mecanismo”, explica el Dr. Yerko Castro de la Universidad Iberoamericana. “Una alimenta a la otra”, agrega, subrayando que, aunque el sistema fiscal mexicano puede sugerir lo contrario, ambas realidades están inextricablemente ligadas.
La legalidad en la economía informal
Aunque Don Pedro no acepta pagos con tarjeta ni transferencias bancarias, lo que le exime de pagar impuestos, esto no implica que su negocio sea ilegal. La Procuraduría Federal del Consumidor (PROFECO) establece que es legal optar por no aceptar pagos electrónicos, y cobrar un porcentaje adicional por transacciones digitales es considerado una violación a la ley.
Para Don Pedro, operar en efectivo es una estrategia práctica, especialmente porque sus proveedores en la Central de Abasto tampoco aceptan pagos digitales. Así, el ciclo de dinero en efectivo perpetúa la economía informal en la capital.
PROFECO no clasifica la economía informal como ilegal en el sentido estricto. Los vendedores como Don Pedro ofrecen productos y servicios permitidos por las autoridades. Aunque su operación puede considerarse una violación administrativa, no se considera un delito criminal.
No obstante, los trabajadores de este sector carecen de las protecciones legales que tendrían en un negocio formal. Para mitigar irregularidades, el gobierno de la Ciudad de México otorga permisos para operar en las calles, pero el proceso es complicado y a menudo restrictivo.
La cultura del elote y su significado
A pesar de que el uso de efectivo es cada vez menos común, la gente sigue dispuesta a retirar dinero para comprar elotes y antojitos mexicanos. Esto se debe a que la economía informal está arraigada en la cultura y vida cotidiana de México. “Ya nos la sabemos”, es una expresión que refleja la familiaridad de los habitantes con este modo de vida.
Como nativo de la Ciudad de México, puedo afirmar que pocos placeres se comparan con salir al caer la noche a comprar esquites. Es una experiencia fundamental para quienes viven en la capital, junto con otros antojitos que forman parte del vibrante sector de alimentos informales.
Estas experiencias son memorias emocionales que unen a las comunidades. Independientemente de la controversia sobre su legalidad, los negocios como el de Don Pedro son esenciales en el paisaje cultural de la Ciudad de México, sosteniendo a numerosas familias, tanto vendedores como clientes.




