En las cercanías de Oaxaca se encuentra la localidad de Santa María Atzompa, un pueblo que no solo se asienta en los valles centrales, sino que también está impregnado de tradición y vida a través de la alfarería. Esta práctica ancestral no es solo una fuente de sustento, sino un lenguaje que ha perdurado a lo largo de generaciones.
Para comprender la alfarería de Atzompa, es esencial ir más allá de la apariencia de los objetos terminados. Cada pieza, en su forma y peso, así como en su interacción con el fuego, narra una historia que se entrelaza con la tierra misma.
El pueblo de Atzompa se ubica bajo el antiguo asentamiento zapoteca de Cerro del Bonete, donde los habitantes han trabajado con uno de los materiales más antiguos de la región: la arcilla, a lo largo de siglos de historia.
Un nombre que evoca mitos de creación
El nombre Atzompa proviene del náhuatl, significando “sobre la cabeza del agua”, mientras que su denominación zapoteca, Bichuga Bigu, se traduce como “caparazón de tortuga”. Este último nombre está profundamente arraigado en el mito de creación de la comunidad.
En esta narrativa, los Binni Za’a, o “gente que viene de las nubes”, enfrentaron un gran diluvio. Una tortuga apareció y ofreció su caparazón como refugio, permitiendo que las personas encontraran alimento y mantuvieran el fuego encendido dentro de su cuerpo.
Sin embargo, el calor fue demasiado intenso y quebró el caparazón en 13 pedazos. Aun así, los fragmentos siguieron a las personas, quedando como un recordatorio físico y espiritual de su refugio.
Esta historia se refleja en la forma en que los alfareros de Atzompa trabajan con el fuego. Un horno tradicional se asemeja a una gran tortuga, donde su cúpula se convierte en un caparazón, cubierto con tepalcates —fragmentos de piezas previamente cocidas que protegen las nuevas hornadas.
Formas definidas por función y gesto
Las piezas de alfarería en Atzompa están íntimamente ligadas a la comida y a los gestos de su preparación. Un puchero, una jarra o un comal se moldean conforme a su uso específico, reflejando un entendimiento profundo de calor, movimiento y nutrición.
El diseño de un recipiente puede evocar características como un rostro, mientras que sus ondulaciones sutiles sugieren conciencia, agua o montañas. Según Adrián Martínez Alarcón, fundador del estudio de alfarería Bichuga Bigu, el diseño de cada pieza habla sobre el acto de recibir alimento.
Por ejemplo, un vaso para chocolate se sostiene con ambas manos, simbolizando gratitud, mientras que el puchero de frijoles, con su forma redondeada, representa una transformación y calidez, cocinando lentamente su contenido en el calor que retiene la arcilla.
Aprendiendo a escuchar el fuego
Las formas que parecen simples en realidad son el resultado de un conocimiento acumulado. Yanet Gómez Hernández, quien se trasladó a Atzompa hace doce años, llegó buscando un sahumador para un ritual, pero encontró un camino hacia el aprendizaje de la alfarería. Colaborando con Martínez, aprendió no solo a trabajar con la arcilla, sino a comprender la historia y la experiencia contenida en cada forma.
Para Gómez y Martínez, el aprendizaje va más allá de la repetición; se trata de internalizar el proceso de creación y el significado detrás de cada gesto y material. La tradición viva de Atzompa ofrece un recordatorio del profundo lazo entre el pasado y el presente.
Martínez, un alfarero de séptima generación, comprende esta conexión. Desde pequeño, aprendió de su madre, Ana María Hernández, y ha vivido la presión y el temor de las primeras hornadas, conscientes de que el trabajo de una vida podría perderse en pocas horas.
El proceso de cocción de la cerámica exige paciencia y una habilidad para leer el fuego, el aire y la humedad, así como la condición de la pieza y la temperatura. Cada variable puede afectar el resultado final, mostrando la importancia de la atención a los detalles.
Innovación que respeta las raíces
La arcilla también tiene su propio ritmo y necesita ser observada y respetada. Esta atención influye en la manera en que Martínez se acerca a la innovación, explorando formas y temas que van desde los animales hasta las fuerzas naturales. Experimenta con pigmentos minerales y técnicas que integran aspectos de la tradición con descubrimientos contemporáneos.
La clave está en entender que la innovación no implica abandonar la tradición; es un proceso dinámico que respeta las raíces de donde surge. Los fragmentos que cubren un horno en Atzompa son testigos de una vida pasada, han sostenido alimento y mantenido conexiones humanas.
Un material que transporta la memoria
El ciclo de la cerámica en Atzompa no termina con la ruptura; los fragmentos pueden volver a ser útiles en nuevas cocciones, encapsulando la esencia de la continuidad. Cada pieza comienza como tierra, se transforma con el fuego y adquiere un propósito a través de la vida cotidiana.
En Atzompa, el barro narra su propia historia, invitando a aquellos que trabajan con él a escuchar lo que tiene que decir. Este proceso no solo es un recordatorio de la atención que requiere trabajar la tierra, sino también de la conexión intrínseca entre el ser humano y el entorno.




